Semanas del 5 al 18 de noviembre.

10 Dic

Curioso es cómo el cansancio y la falta de energía acompañan últimamente; habiendo descartado el buen descanso nocturno y considerando el clima entre las opciones, empecé a sospechar que los efectos secundarios del fármaco para la malaria comenzaban a pasar factura.

Asimismo, los días tornaban largos, grises y lluviosos y con repetidos apagones del ordenador sin motivo aparente pasé unos días complicados. Sin embargo, y como “el roce hace el cariño”, mis compañeras voluntarias decidieron que el miércoles por la noche tomaríamos unas cervezas moçambicanas con una rica cena que Inês preparó; asimismo, me trajo una mazorca asada de las que las mamás preparan en la calle para animarme.

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El jueves de esa semana me di cuenta de lo que estaba aquí forjando: lazos, amistades y convivencias que pretenden permanecer en mi cabeza por mucho tiempo. Y como muestra de ello, una de las mamás que trabajan en el centro me regaló un collar que había difícilmente conseguido obtener, con la intención de que no la olvidase cuando volviera a España (cosa que desde tiempo atrás ya me había planteado no hacer).

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Además, la lluvia pronunciada y permanente de este día hizo que una de las pequeñas del centro tuviera que morar en el centro por la noche, asique una sesión de danza y barnizado de uñas fue más que un entretenimiento para el indeseado clima.

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El viernes de esta semana, quería cocinar comida de mi tierra para la mamá que me regaló el collar, así que decidimos que pasaríamos un buen tiempo en su casa. Esta mamá vive junto a otras mamás del centro en unas casitas que las Hermanas ceden hasta que pueden comprarse un terreno y construirse una casa propia. El escenario era precioso, la compañía más.

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En un fuego de carbón preparé los ingredientes para cocinar una deliciosa sopa castellana o de ajo (por suerte alguno de los voluntarios que antes pasaron por las Mahotas había dejado un bote de pimentón dulce en el centro, que era más que necesario para preparar este plato. Obrigada sou!); además, la mamá preparó una ensalada completa y otra de las mamás cocinó abobogra (igual que la matapa, pero con hoja de abobogra) para comer con arroz.

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Tras cenar y charlar largo tiempo compartiendo diferencias culturales y vivencias, nos dimos cuenta cada vez más lo parecidas que éramos. Pues también, ambas tenemos la misma edad y tenemos expectativas similares.

Para acabar bien el día, estuvimos disfrutando de unas buenas fotos mientras bromeábamos en el cuarto donde ven la televisión.

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A la mañana siguiente nos despertamos sin alarmas, lo cual quiere decir que a las 8.00 ya estás con los ojos abiertos de par en par debido a la intensidad de la luz. Tomamos un sabroso matabicho (desayuno) mientras charlábamos sobre humanismo y sociedad. Y tras dar de comer a su hijita, nos preparamos para ir a casa de otra de las mamás, que vivía a 10 minutos andando de allá.

Tras enseñarme la preciosa casita que estaba actualmente ampliando, dimos un paseo por el barrio hasta casa de otro de los niños que acuden al centro. De aquí me llevé el placer de conocer otra hermosa morada y el llanto de un niñito asustado por ser mi piel tan diferente a la de los lugareños.

Volvimos a casa de la mamá y estuvimos charlando y bailando Marrabenta.

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Al mismo tiempo, tuve el gran honor de ayudar a cocinar cacana (una planta rastreadora).

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Primeramente limpiamos las hojas separándolas del tallo; después abrimos y rallamos los cocos. Al coco rallado se le añadía agua caliente y se estrujaba para sacar la leche de coco que se adicionaría al amendoim (cacahuete) molido y se cocería todo junto a la hoja entera de cacana. Acompañado de un arroz bien cocinado disfrutamos del delicioso plato.

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El calor comenzó a apoderarse de las casas, asique salimos a dar un largo paseo hasta el lugar donde iba a coger la chapa para ir al centro. Durante el camino reímos, charlamos, bromeamos y disfrutamos de la soleada tarde del sábado.

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Y cuando llegué al centro, no restaban muchas energías, por lo que una buena película completó la noche del sábado; en este caso vimos “O despertar da mente”.

El domingo decidimos aprovecharlo en la ciudad, asique relativamente temprano fuimos en chapa hasta el mercado de artesanato. Tomamos unas cervezas de moçambique (Laurentina Preta o 2M, para gustos) y almorzamos allí también. En este caso pude probar el Caril de Camarão y Timbawene, ambos me parecieron maravillosos, como toda la cocina de acá.

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Tras hablar con personas que allí pasaban el domingo y pasear para apreciar, una vez más, el arte de ébano y capulana, decidimos coger una chopela para ir hasta Maputo Shopping a comprar algunas cosas para pasar la semana.

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Y cuando terminamos fuimos hasta la Plaza de los Trabalhadores para coger el autocarro hasta el centro. Como anécdota en este caso el hecho de que algunas mamás del autocarro charlaran, creyendo que yo no entendía lo que decían, sobre cortarme algunos mechones de cabello sin que yo me enterara. Por suerte, llegamos a destino antes de que pasaran a la acción.

Otra nueva semana se daba lugar. Y con ella acudir de mañana temprano a ver a las criancinhas para cargar las pilas de besos, abrazos y sonrisas.

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Cada día los lazos se van haciendo más fuertes y la confianza con las personas del centro crece agigantadamente.

Con todo este aporte positivo, empecé a verme con fuerzas de leer y conocer acerca de la situación en España y en el mundo, en general. Exhausta por todo aquello, pude reafirmarme en haber hecho lo correcto al venirme unos meses a este lugar; pues por allá todo seguía igual o peor que cuando me fui.

El martes empecé con la musicoterapia, asique un rato del día (principalmente a última hora) pongo música moçambicana o de otros lugares del sur de África y empiezo a danzar con los más pequeños. Hacemos vídeos y tiramos fotos, y su felicidad en ese instante es de lo más bonito que he experimentado en mi vida.

Además de la musicoterapia, también he empezado la modalidad comboio (tren), que consiste en sentarme en el suelo y empezar a poner a criancinhas a lo largo de mis piernas para brincar con ellos al ritmo de alguna música o sonido animado. Las risotadas y carcajadas que salen por sus bocas son un auténtico lujo para los oídos.

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Lo que llamamos momento social de la semana, que es el día que por algún motivo especial salimos del recinto en el que se encuentra el centro en horario intempestivo, en este caso se dio lugar el jueves con la salida al aeropuerto para recoger a Irmã Celeste que regresaba de Portugal. Como acostumbra a hacer, el avión venía con retraso y pasamos largo tiempo dentro del coche siendo acribilladas por los mosquitos con un calor ya algo incómodo para esas horas de la noche. Sin embargo, las piezas de música que Irmã Sabina nos iba proporcionando hicieron de la velada algo muy divertido, especialmente cuando en un intento de mostrarme la música española que conocía me hizo retroceder unos 15 años en el tiempo a través del Corazón partío de Alejandro Sanz.

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Los viernes empezaban a ser un día algo desolador por tener que decir “tatá” a las criancinhas hasta el lunes y tener que esperar sus besos, abrazos y sonrisas durante 2 días. Pero además, es el día de descanso y programación del fin de semana, que en este caso íbamos a aprovechar para tener un poco de playa, debido al buen tiempo que ya disfrutamos por estas fechas acá.

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Así, el sábado, armadas con la tienda de campaña, cogimos una “chapa” de caja abierta hasta Magoanine y allí cogimos otra de caja abierta hasta Benfica, de donde salían las “chapas” para Marracuene.

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Disfrutando del lujo de ir sentada de copiloto, recorrimos los 25 km que distan. Al llegar a Marracuene, nos dispusimos calle abajo por el lugar atravesando un paseo lleno de hermosas acacias en flor (se dice que Maputo es la ciudad de las acacias; y por consiguiente, también los alrededores están cubiertos de estos tonos rojos) y pudimos disfrutar de un lindo jardín en el que se celebraba un casamiento típico del sur de Moçambique, una danza cuya origen se sitúa en las provincias de Gaza, Maputo e Inhambane.

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Llegando a un alto observamos el hermoso paisaje del lago de Marracuene y nos pusimos carretera abajo por el arcén, cruzamos unas vías de tren y llegamos al lugar donde hay que coger un “ferry” para atravesar el lago.

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Junto a mamás cargadas de pescado para vender y “jeeps”, nos montamos y llegamos hasta tierra firme donde cogimos “boleia” (término que se utiliza para decir que tienes viaje en algún coche sin pagar o por una cantidad de dinero bastante reducida). Finalmente, llegamos al camping Tan´n Biki en Macaneta a tiempo de disfrutar de un soleado día de playa.

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Nos pegamos un chapuzón de Índico siempre cautas de permanecer cerca de la orilla, pues es considerada una playa bastante peligrosa. Y el resto de la tarde lo pasamos en las hamacas del camping charlando y tomando alguna Laurentina Preta (cerveja moçambicana), haciendo tiempo hasta la cena.

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Como el camping estaba casi completamente vacío, por la noche nos montamos nuestra fiesta con música en una piscina pequeña que había cerca de donde acampamos. Las instalaciones del camping eran bastante buenas.

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Esa noche llovió bastante, y a la mañana siguiente acompañó el agua también hasta mediodía. Por eso, decidimos partir antes de lo planeado, esta vez haciendo parada en un hermoso bar a pie del lago disfrutando de la música, del lugar y del tranquilo día de primavera, que acompañaba al ambiente de domingo.

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Y camino inverso llegamos hasta el centro de las Irmãs, donde una de las Irmãs moçambicana había estado cocinando por la tarde su deliciosa matapa que saboreamos para la cena.

Semanas del 22 de octubre al 4 de noviembre.

16 Nov

Tras larga semana de viaje, y habiendo descansado, comenzó otra semana completa de actividad en el centro. De nuevo, seguí con mis tareas en el centro de adultos. El lunes probé suertes con el dominó que fabriqué y fue todo un éxito; además, seguí aprovechando media hora de la mañana para ensayar nuevos ritmos con el djembe, gracias a las enseñanzas de algunas mamás del centro y uno de los voluntarios de un programa llamado Acción Social, para asistencia social en Maputo. Era el cumpleaños de Maymuna, su undécimo año, y fuimos con ella al bar de la piscina a tomar un refresco. Sonó raro para mí que hubiese un bar con piscina en el barrio, mas allí estaba; eso sí, la piscina en las condiciones que se pueden imaginar. Finalmente, como regalo de parabén (cumpleaños) le compramos un pase para baño y su sonrisa extrema fue suficiente para aportar una gran dosis de felicidad a nuestras vidas.

El martes aproveché el viaje a ciudad de las Irmãs para seguir conociendo lugares. Esta vez realizamos la habitual ruta de reparto de hortalizas sumada a la compra mensual de comida para el centro de las crianças (los más pequeños). Los supermercados, con dueños indianos y árabes, no diferían mucho de lo que por supermercado percibimos las personas que los frecuentamos.

Las frutas del lugar son una auténtica delicia. Moçambique tiene una fruticultura amplísima y de lo más sabrosa: fresas, papaias, mangas, yaka, ata (o chirimoya, como conocemos en España), coco, aguacate, guava, litchi…

Para el jueves habíamos planeado ir a casa de Hirondina para hacer la despedida de Isabel, ya que el lunes volvía para España. Por lo que preparé tortilla de patata y la Señora Hirondina nos tenía preparada, para cuando llegamos, la deliciosa Matapa (más adelante explicaré cómo se prepara). Además, como sobremesa (postre) Telma nos hizo una deliciosa tarta de leche condensada. Como acompañamiento de los platos, podíamos escoger aderezar con 3 tipos de piri-piri (molho picante) de diferente intensidad, siendo el de mayor éxito el que en esa casa se preparaba de forma casera (un tipo de pimiento picante triturado con sal, y todo macerado en un tarro con cebolla y aceite). Además de la excelente velada marcada por el ritmo de una despedida próxima, también disfrutamos de la compañía de un vecino (bastante peculiar) que pasaba por allí y se quedó a cenar. Suele acontecer que este tipo de hospitalidad, a veces de una manera un poco forzada, se dé lugar en esta zona.

Una parte que me emocionó, fue ver cómo unas niñas del lugar pasaron a saludar y se quedaron a probar la tortilla que había cocinado. Fue muy gratificante ver cómo saboreaban el plato y afirmaban que les estaba gustando mucho.

El viernes último de cada mes, las Hermanas contribuyen dando un saco (con arroz, harina de maíz, harina de trigo, espagueti, pasta y aceite de colza) a diferentes mamás de la zona con problemas económicos muy pronunciados. Esto es posible gracias también al apoyo que Marisa, de la ONGd Gam Tepeyac, proporciona.

Este, además, fue el últimodía que realizaban prácticas en el centro las personas de Acción Social, asique fue tiempo de más despedidas. Sin embargo, por la tarde, acompañado por un agradable sol, y con la llegada de un amigo de las Hermanas con presentes y novedades, todo se tornó felicidad, sonrisas y abrazos: algunos pequeños y pequeñas del barrio entraron al centro para jugar con los cochecitos y comer algún dulce. Y fuera permanecimos hasta que el sol terminó por esconderse.

El sábado aprovechamos para hacer 3 de las visitas obligadas en esta ciudad. Empezamos por Casa Elefante, que es una de las mejores tiendas del lugar en la venta de capulanas (son las telas con diseños coloridos que las mamás usan como falda, cubre cabeza y para llevar a los hijos en las costas). En Casa Elefante la variedad y hermosura de las capulanas permite que puedas pasar horas pidiendo que te enseñen una u otra capulana y terminar igual de indecisa que empezaste a elegir. Creo que la imagen lo deja mucho más claro.

Terminado aquello, cruzamos la calzada tomando todas las precauciones posibles (muy necesarias en esta ciudad) y llegamos al mercado central, donde procuramos algunos cestitos, piri-piri, cajus (anacardo)… Todo ello bajo el sistema del regateo.

Cargadas de capulanas y cestinhos, caminamos hasta el mercado de Pau-preto (palo negro=ébano) que tiene lugar los sábados. Apasionante el lugar, maravilloso el arte de todo lo que allí se había manufacturado y admirable la técnica de venta de los propietarios de cada puesto de venta.

El domingo, aproveché para madrugar y madurar algunos conceptos sobre la vida en este lugar. Una vez preparadas, cogimos un Machibombo con destino “Museu” y caminamos hasta el Parque de los Continuadores, donde todos los días se encuentra el mercado de artesanato y flores. Pasamos largo tiempo recorriendo todos los puestos y antojándonos de todo lo que veíamos (accesorios de sándalo y ébano, vestidos de capulana, sacos, figuras de madera, mesas, sillas…), aunque esta vez el presupuesto no permitió comprar nada. Además, por ser el último domingo de mes pudimos toparnos con la feria de gastronomía que se celebra en el mismo parque. Me deleité con una deliciosa Matapa de Camarão, en compañía de una chica española, amiga de Isabel, y su pareja moçambicano. Aprovechamos para compartir experiencias que difieren en cada cultura; cosas que nos enriquecen mucho como personas.

La semana siguiente llegó, y con ella el lunes en que Isabel retornaba para España. Por ello, las Hermanas habían preparado una suculenta comida para disfrutar todas juntas.

Cuando terminé de comer, fui al encuentro con una de las mamás que acude los últimos viernes de cada mes a por el saco con alimentos. Había venido al centro para llevarme a conocer la casa que estaba construyendo en una parcelita de terreno. El camino fue largo, debido al sofocante calor de mediodía y a causa de que las inundaciones habían obstruido muchos caminos y tuvimos que dar muchos rodeos. Sin embargo, el encanto de los barrios hizo de la caminada algo especial. Al llegar a la parcela, con una humilde pero completa machamba (huerta) y una casa cuidadosamente ordenada, pude conocer a sus 3 hijos (dos niños y una niña) y pronto se llenó de niños que venían a jugar con tapones, canicas y una cinta de plástico a modo de goma elástica. Por otro lado, la mamá me vio tan curiosa, que me enseñó todos los árboles y plantas de la machamba y reía cada vez que repetía los nombres que ella me iba diciendo en Xitchangana (Changana). Además, quiso fascinar a mis ojos elaborando matapa paso a paso; recolectó hojas de mandioca para ser molidas con ajo, abrió dos cocos con una catana y tras beber el agua interior los ralló, trituró amendoim (cacahuete) y tras mezclar todo lo puso a cocer en una cazuela en el fogón de carbón. Aquel olor tan delicioso aún permanece en mi memoria.

Por la noche fuimos al aeropuerto a despedir a Isabel, rara sensación de saber que perdía un punto de apoyo, pues ella había sido hasta ahora mi guía en casi todo.

Las lluvias de la primavera ya se dejan ver y son torrenciales y pasajeras. Amanece despejado, entonces se nubla repentinamente y comienza a tronar y jarrear para parar, en el mejor de los casos, en una media hora o, si no, continuar durante toda la noche.

El miércoles aproveché de nuevo el viaje a ciudad para acompañar a una de las Hermanas. Los viajes a Maputo siempre son espontáneos y llenos de incertidumbre, lo cual los convierte en algo emocionante. Este día iba a adentrarme aún más en proyectos que desconocía. Tras conocer un local donde reciclaban plástico utilizado, nos dirigimos al centro de conversión de residuos orgánicos en compost ubicado en un terreno contiguo a la vía de comboio (tren) en el barrio vecino de Xiquelene. Me sorprendió, una vez más, los avances que se van logrando en cuanto a conciencia y educación ambiental en esta zona.

Esta noche en algunas partes del mundo se celebra la fiesta de Halloween y es víspera de festivo, cosa que en Moçambique no acontece. Pero que fuera festivo el jueves en España permitió establecer buenos contactos para conversar, gracias también a la buena conexión de que disfrutamos este día por la tarde.

El viernes transcurrió tranquilo, aprovechando como todos los viernes para coger bien de energía y felicidad aportada por los pequeños para poder aguantar todo el fin de semana sin verlos.

Asique con la energía repuesta nos dirigimos en chapa a una modesta pero completa loxa (tienda) de capulanas ubicada en Expresso para deleitarnos con estos fabulosos tejidos una vez más. Y por la noche, nos premiamos con una copita de un buen vino portugués, vestidas de capulana y cocinamos con una de las Hermanas moçambicana Gulabos (postre elaborado con huevo, harina de trigo, leche condensada y leche; todo ello frito y luego bañado en jarabe de sacarosa para poder ser cubierto de coco rallado).

El sábado aprovechamos para dormir un poco más que de costumbre y cuando nos despertamos empezamos con una buena limpieza de la casa que las Hermanas nos ceden para vivir durante nuestra estancia como cooperantes. Bastante emocionada porque iba a asistir a mi primera noche de sábado en la ciudad y además era el festival UMOJA (un festival de música y danza de alto reconocimiento en esta parte sur de África). Cogimos la chapa con destino a Baixa y tras cenar nos pusimos rumbo a la Plaza de la Independencia, donde se celebraba el festival. Aquella plaza estaba llena de moçambicanos disfrutando del espectáculo y rápidamente nos integramos en el ambiente. Pudimos disfrutar de cantantes como Valdemiro José, señor que ha aportado mucho a este país en lo que Marrabenta se refiere, o Zahara, cantante sudafricana que es muy valorada y cuya buena música es frecuente en radios y bocas de personas moçambicanas.

El domingo se convirtió en clásico domingo: despertarse tarde, comer tarde también y disfrutar rememorando las aventuras de la noche anterior.

Del 13 al 21 de octubre de 2012. Viaje a Parque Nacional de Gorongosa-Vilankulo-Archipiélago de Bazaruto (Isla de Magaruque).

6 Nov

Tras pasar larga mañana lluviosa procurando contactar con la gente en España, empecé a preparar el equipaje para la semana de viaje a las provincias de Sofala e Inhambane. Dudas, incertidumbre, nerviosismo e intranquilidad nos conformaban y parecía que el tiempo pasaba lenta y superficialmente. Finalmente, a las 18.00 cogimos el Machibombo (carro algo más grande que las chapas. Parecido a un autobús urbano) con destino al centro de Maputo. Decidimos cenar en un centro comercial (Maputo Shopping), como lujo ante lo que iban a ser 7 días a base de latillas, de las que hablaré en su momento oportuno.

Tras una suculenta hamburguesa de un restaurante ubicado en el centro comercial (aprovecho a comentar que aquí se puede fumar en sitios como éste. Sin embargo, raro es ver a personas moçambicanas fumar… Es un vicio lejano al alcance de muchos) nos dispusimos a ir al autobús con destino Gorongosa (provincia de Sofala). El viaje era largo y la comodidad limitada por los socavones de la carretera y la carencia de una buena amortiguación del autobús. Además, la ausencia de servicios hacia del viaje algo cómico y humano.

Después de muchas horas y paradas, llegamos a destino a las 16.00. La idea era que nos fueran a recoger desde el Parque Nacional de Gorongosa a un cruce, ya que es la única manera de llegar; pero la lentitud de las chapas en llenarse hizo que tuviéramos que poner rumbo a cualquier lugar para tirar la tienda en una tierra a dormir, ya que se hizo muy tarde y el Parque cerraba a las 18.00. Acabamos en la Vila de Gorongosa, de noche y desconcertadas. Por suerte, la inquietud que producimos a los lugareños hizo que rápidamente nos dirigieran a una pensión barata y acogedora. Una habitación para las 3 y un poco de regateo hicieron de la noche algo seguro. Afortunadas nos sentíamos al poder tomar un baño.

Madrugamos para coger una chapa de Vila de Gorongosa al cruce, donde fueron a buscarnos.

Todas comentamos la comodidad de poder sentarse en un vehículo de 5 plazas con un asiento para cada una. Llegamos al Parque Nacional (a Chitengo), tras cruzarnos con decenas de babuinos, y proseguimos con la aventura. Ya era lunes, y a las 10.00 comenzamos un viaje organizado para conocer la aldeia de Vinho. Se trataba de un proyecto de escolarización e implantación de un centro de salud para una parte de las personas que habitaban el Parque. Durante el camino nos dejamos cautivar por la vegetación, la fauna y sus gentes.

Cruzamos un río en el cual pudimos disfrutar de unos críos del lugar, que apenas sí hablaban portugués, pues el dialecto de la zona era el Xena.

Proseguimos y llegamos hasta la Vila: conocimos el colegio mientras en una de las aulas realizaban un examen de inglés (el profesor, muy nervioso por que estuviéramos allí, nos comentó inocentemente que muchos de ellos suspendían inglés); un poco antes se encontraba el anterior colegio (la foto lo ilustra mejor: una mangueira provista de un tronco a modo de pupitre de profesor); conocimos el centro de salud externamente, y una casa donde las mujeres a punto de dar a luz se quedaban hasta que acontecía, con el fin de no correr riesgos. Las impresiones son, como siempre, maravillosas. Quizá no podíamos comunicarnos por no compartir lengua, pero las miradas y las sonrisas no faltaban en ninguno de sus rostros.

Tras comer una de nuestras latillas (por suerte el atún enlatado es semejante en todas las partes del mundo), realicé mi primer safari. No muy atinado, pues ni leones ni elefantes dejaron verse. De los 5 grandes de África (León, Rinoceronte, Elefante, Búfalo, Leopardo) no pudimos disfrutar de ninguno, más la presencia de animales como el Pala-Pala, Impala, Buey-Caballo (Ñú), Phacochoerus (Jabalí Africano), Iba, y una variedad tremenda de aves, hizo del viaje algo sensacional.

Al día siguiente, esperaba una de las aventuras qué aguardábamos con más ansia: el viaje a la cascada Morumbodzi, Madrugamos mucho, como siempre, y nos pusimos rumbo a dos horas y media de espectáculo: en un coche de safari nos llevaron a las 3 por caminos y entre pueblos, siendo foco de miradas inquietas y de continuos “Tata” (Adiós) de los más pequeños. Una cosa que llamó la atención es cómo continuamente se encontraban focos de fuego por la montaña, la época seca deja su huella. Aquello de ir en ese coche nos hacía reír continuamente, sobre todo, por la sensación de sentirnos ridículas allí subidas; hablábamos de que era lo más parecido a viajar en Papa-móvil, pues no dejábamos de agitar las manos para saludar.

Llegando a la base del campamento, pusimos pie sobre tierra rojiza y empezamos a caminar hacia arriba. Por suerte, las nubes paraban el efecto del sol y amortiguaban un poco el calor. El paisaje está bien ilustrado en la imagen.

Y tras cerca de una hora de caminar, parando a aprovechar la botánica del sitio y sus gentes, llegamos a la espectacular cascada. Al llegar no pudimos más que callar y contemplar boquiabiertos, hasta que empezamos a tirar fotos como nunca antes habíamos hecho. Cómo explicar la sensación de frescura, tranquilidad, sonido de agua fluyendo contra las rocas… El momento estaba hecho para ser palpado. Comimos mirando el agua y en silencio. Permanecimos, sin darnos cuenta, cerca de 2 horas y media allí, hasta que empezamos la caminata en sentido inverso de vuelta al coche.

Aquel día, tan solo nos quedó aliento para compartir emociones y cenar, de nuevo, latilla (esta vez tocó sardinas en salsa de tomate, pero éstas no acostumbraban a saber bien). Durante la noche nos preparábamos mentalmente para lo que sería un día de viaje sin preparativos y sin definir.

A la mañana siguiente, cuando quisimos darnos cuenta, estábamos en el cruce de Gorongosa haciendo dedo. Hacer dedo allí, supuso pasar casi una hora en la que pasaron unos 7 coches de los cuales o eran taxis con molungos o eran chapas repletas. Finalmente llegó, cogimos por primera vez nuestra chapa-remolque abierta, que es algo así:

Tras unos 40 Km sintiendo frío, pero aprovechando para respirar, llegamos a Inchope. Allí cogimos un Machibombo (carro) destino Vilankulo. Por fin respirábamos tranquilas sabiendo que, al menos, íbamos a llegar a nuestro destino en el mismo día. De nuevo nos esperaban cerca de 8 horas de viajar con calor, apretados y respirando un hedor a pescado y gallina. Salimos de la provincia de Sofala y llegamos a la de Inhambane, donde se encuentra Vilankulo. Cerca de las 18.00 alcanzamos el cruce de Pambarra, donde cogimos una chapa aún desconocida: un remolque forrado con caña de azúcar y cargado de carbón, sensacional.

Llegamos a destino, y pudimos encontrar el camping Baobab Beach gracias a un chico de la chapa que vivía al lado del mismo, asique tras caminar por una cuidad oscura, sin farolas y con carreteras de arena, respiramos tranquilas por haber llegado en el mismo día a nuestro destino (cosa que aquí no es sencilla). Nos premiamos con una cerveza moçambicana (2M) y una buena dosis de charla inglesa con sudafricanos.

El jueves ya despertamos mucho más tranquilas y relajadas, sin programar alarmas y con bastante calor en nuestra tienda de campaña “Quechua” de 3 plazas.

Isabel y yo fuimos a por el pan con un amable Suizo con el que más adelante forjaríamos una bonita amistad. Posteriormente, también recorrimos las calles de Vilankulo con su esposa en busca del mercado central, ya que ese día comeríamos pasta con tomate (por fin algo que no fuera lo que denominamos como “dog food”).

Las playas de este lugar son catalogadas como unas de las más hermosas del planeta.

Aquí quería comentar el caso de los perros: allá donde vamos encontramos perros callejeros, los cuales empiezan a seguirnos desde el momento que nos ven; hemos concluido que aquí no se considera al perro como animal de compañía, por lo que no es bienvenido. De modo que, las costumbres que tenemos de cuidar y alimentarlos deben ser conocidas por los perros debido a los visitantes “blancos” y ese es el motivo de que tras horas de paseo sigas teniendo a un perro flamélico acompañándote en busca de suerte.

Por la tarde paseamos por la playa y conocimos el comercio pesquero del lugar: mientras los hombres iban hacia las islas en busca de pescado, la mujer aguardaba en la playa con los niños en la espera. Cuando a media tarde llegaban, la mujer cargaba con toda la pesca y la colocaba sobre la arena o viejos baldes para comerciar con ella. Trabajo digno de admiración.

A la mañana siguiente nos despertó el profundo calor que se disfruta desde temprana hora, pero la felicidad del plan que nos aguardaba nos hizo olvidar rápido la sensación térmica y ponernos rumbo a la Isla de Magaruque, en el archipiélago de Bazaruto. Tras un viaje en barca que encajaba perfectamente con perfil mozambicano, llegamos mojadas y empezamos a deleitarnos con el profundo azul turquesa de las aguas del Índico y los bancos de arena.

Tras pasear por las hermosas playas de la isla, boquiabiertas y sin tiempo para asimilar y poder compartir opiniones sobre lo que teníamos delante, nos dispusimos a practicar snorkeling. Lo que allí aconteció es difícil de explicar en palabras: arrecifes de corales, pulpos, morenas, bancos de peces pequeños y más grandes, medusas microscópicas, ostras, peces de colores fantasía… Mi mente no procesaba a la velocidad en que mis ojos recibían aquello.

Disfrutadaaquella maravilla, nos aventuramos a comer un menú especial cocinado en la barca por los propios “marineros”. Aquel pescado de la foto, es una de las cosas más ricas que había jamás probado; aromatizado con ajo y otras especias, nos dejó a todos impresionados. Tras la suculenta comida, aprovechamos otra hora para comprobar que los animales marinos anteriormente visitados eran reales y no fruto de la imaginación.

Finalmente, pusimos rumbo a Vilankulo, con viento fuerte, marea agitada y alguna especie marina que serviría de cena para los marineros. La vuelta fue intensa y pasamos momentos divertidos moviéndonos de babor a estribor tratando de compensar el peso tras extender la vela. Por suerte llegamos a tiempo de tomar una ducha antes de que la noche se viniera encima.

Esa noche, se palpaba en el ambiente la tranquilidad y el buen humor. Tras conversar con la pareja suiza, decidimos juntar los alimentos que nos iban quedando para cocinar unos espagueti. La cosa no fue nada mal y pronto se unieron otras personas que conocimos en nuestro viaje a la isla y gente que trabajaba en el camping. Cenamos gustosamente y tomamos algún vino sudafricano. Reímos y gozamos de compartir momentos y experiencias; todos aprendíamos de la multiculturalidad y brindábamos por la suerte de poder estar allí viviendo ese instante.

El sábado significó contraste de la noche a la mañana. A primera hora paseamos por la playa atendiendo a todos los detalles que tanto la biodiversidad como los lugareños otorgaban. Aprovechando todo ello para reflexionar y relajarnos aún más, si cabía.

Y por la tarde cada una eligió a su gusto. Por mi parte, bajé a la playa y permanecí allí largo tiempo observando el mar y las islas mientras escuchaba música. Momento quizá algo enturbiado por la desmesurada brisa, pero encapsulado por la magia del lugar.

Aquella noche nos dimos otro lujo: cenar una pizza de la cocina del camping. Después de la pizza, disfruté de un rico cóctel entonado con hielos con agua de coco. Y tras dejar las cosas en el Machibombo y comprar los billetes de vuelta, tan solo nos quedó acudir al Afro Bar para pasar las horas que restaban hasta la salida del Machibombo de madrugada. Bebí cerveza moçambicana 2M y bailé imitando lo que las gentes del lugar hacían. Conocí a grandes personas y forjamos amistades en poco tiempo. No me había percatado de las ganas que tenía de salir y conocer la noche hasta entonces, y la experiencia me encantó. Mezclando personas moçambicanas y sudafricanas con música angoleña, allí estábamos nosotras, desentonando como siempre en este país.

Para dar fin a este viaje, montamos de madrugada en el Machibombo para pasar allí largas y calurosas 10 horas analizando la paciencia que tienen los mozambicanos por aguantar en la misma posición sentados en una fila espontánea surgida en el pasillo del autobús, consistente en bidones perfectamente ordenados. Impasivos permanecieron incómodamente quietos.

Del 2 de octubre al 12 de octubre de 2012

23 Oct

Con mi partida a Maputo el martes 2 de octubre de 2012 di por comenzada la experiencia. El viaje en avión se conformó tal lo previsto; supongo que la incertidumbre del primer viaje largo por aire hiciera de todo algo ameno y novedoso.

 

 

La llegada a Maputo inauguró lo que por calma entendemos: una cola de más de una hora para pasar la barrera de migración en la que un sello confirmaba la entrada oficial en el país. Y ahí estaba, al otro lado de la barrera en busca de la maleta y la tienda de campaña (la cual facturé y llevé con motivo de un viaje programado al Parque Nacional de Gorongosa). Cuando me disponía a pasar el escáner final de paso al país apareció la Hermana Celeste, lo cual supuso una inyección de tranquilidad. Allí me esperaba también Isabel (la chica cooperante española que llevaba aquí desde agosto), a la cual abracé por todas las ganas acumuladas de llegar al fin, y Telma, una chica cooperante portuguesa. Poniéndonos en algo más de las 23.00, tan solo acontecía ir a casa para instalarme y descansar largo. La otra cooperante, Inés, también portuguesa, ya estaba durmiendo por entonces.

A la mañana siguiente pude conocer las instalaciones, muy por encima, y empezar a integrarme en la rutina de la vida en el centro. Cuando al día siguiente viajé al centro de Maputo (pues el barrio das Mahotas está a unos 10 km del casco), comencé a darme cuenta de la realidad de acá; aunque sospecho que seguía viéndolo como si fuera un sueño todavía.

 

 

 

Al llegar a casa disfrutamos de la cena que siempre nos aguarda desde temprano (que por cierto, las cocineras de acá nos mantienen con mucho mimo; nunca faltamos de comida y tampoco se puede escuchar algo que no sea un halago) para ser seguida de la primera noche de largas reflexiones.

No fue hasta el día siguiente (Día da Paz, feriado en Moçambique), mientras acompañaba a Isabel en su habitual paseo calle abajo, cuando caí en picado sintiendo una mezcla de sentimientos entre emoción, estrés y confusión al ser foco de mira de toda persona que alcanzara a vernos, cosa que no era nada difícil. Traté de observar y extraer conclusiones de todo aquello, mas demasiado pronto para ello. Pasábamos de efusivos “Olás!” a desconcertantes alusiones en Changana (dialecto africano hablado en el sur de Moçambique) tipo “Molungos!” (blancas). Tras el paseo, interrumpido también por policía armada haciendo control de carros, una sabrosa cena esperaba: Isabel y yo pasamos largo tiempo cocinando tortillas españolas para poder despedir a Irmã Celeste e Irmã Sabina, las cuales viajaban a Portugal esa noche para pasar el mes allá.

 

Ya era viernes, y decidimos pasar el fin de semana en la Praia de Bilene, debido al buen tiempo y las ganas de descansar que teníamos. Así, se dio paso a una nueva aventura: montar en “chapa”. Cuando tu piel difiere en color de la de los lugareños, no controlas el portugués (no vamos a decir ya el Changana) y decides tomar una chapa, es entonces cuando sabes que todo lo que va a seguir va a ser digno de disfrutar y recordarlo después. Creo que un documento gráfico ilustra mejor las condiciones en las que se viaja en este vehículo (lo cual es complicado de obtener), aunque he de decir que fuimos afortunadas de poder hacer la tercera combinación de chapa ocupando una plaza para cada una, todo un lujo. Aquello era una mezcla de conversaciones y expresiones entre las cuales sólo dilucidabas “Molungo!”, cayendo en cuenta que eras no solo el foco de mira, sino también el tema de conversación. No fuimos tan afortunadas en el último tramo de unos 20 km, donde tuvimos que ir una de pie y sujetándose con la espalda contra el techo, otra con medio cuerpo asomado en la ventanilla abierta y la tercera sentada encima de una amable señora. El récord dispuesto en alrededor de 22 personas en una chapa quedó más que superado al poder asegurar que allí, como mínimo, viajábamos 28.

Llegamos salvas, mas algo exhaustas. Pude vislumbrar por primera vez el océano Índico, y cuando la noche se vino encima (cosa que ahora acá sucede a las 18.00) tomamos una ducha fría, cenamos y nos acostamos. Ansiosas de empaparnos con todo nos levantamos a las 4.45 con afán de ver el amanecer, intento frustrado por la frondosa neblina.

 

 

 

Nos acostamos un poco más y levantamos de nuevo hacia las 8.30 para pasar un lujoso soleado día de playa de arena blanca y aguas cristalinas. Los contrastes podían ser allí encontrados más que en cualquiera de mis pocas anteriores ocasiones acá: mientras algunos niños fabricaban cestinhos y pulseras con hoja de “bananero” para sacar algunos Meticais (moneda nacional), otros (principalmente procedentes de Sudáfrica y de piel blanca) disfrutaban de un familiar día entre lanchas motoras y motos de agua. Aproveché todo aquello para pensar, reflexionar e intentar comprender.

 

 

Por la noche, fuimos a un restaurante llamado Carioca y perteneciente a una familia de sudafricanos afincados en Bilene desde hacía unos 10 años. Comimos una paella de marisco picante (con piri-piri, que es como se llama la salsa picante acá) exquisita y disfrutamos de la noche acompañadas de los dueños y dos sudafricanos que nos invitaron a otra cerveza para seguir conversando (en inglés, por supuesto) durante un par de horas más.

 

 

Tras otra perfecta noche de descanso, gozamos de un nuevo caluroso y soleado día de playa antes de coger la chapa a las 13.00 para llegar Magoanine, donde podríamos alcanzar el centro de las Irmãs en 15 minutos andando. Aquí apuntaré, que los 120 km (aproximadamente) que separan Bilene de las Mahotas, tardan en recorrerse 3 horas y media, contando con una de las mejores chapas que hace muy pocas paradas y viaja por una carretera muy bien dispuesta.

Dio comienzo la segunda semana, en la que me ubiqué en el centro de los adultos con necesidades especiales para poder ayudar  debido a la falta de gente allí trabajando. Las tareas de monitora empezaron a ligar conmigo y poco a poco voy conociendo a las personas que asisten. Cada una de ellas tiene mucho por lo que ser valorada, pero de esta semana quiero quedarme con el modo de bailar de Genoveva, impresionante.

La música del lugar también ha empezado a cautivarme, en especial la Marrabenta y la Pasada. Por suerte, una de las profesoras que estará hasta fin de mes en el centro, Yolanda, va a enseñarme a bailar, asique espero ansiosa el momento de iniciarme.

El miércoles por fin pude conocer algo que no fuera el centro de la ciudad desde un coche o la calle principal del barrio de las Mahotas. Se celebraba el Día Mundial de la Salud Mental y fuimos hasta el Hospital Psiquiátrico do Infulene. Allí, se pusieron a la venta los productos que los adultos del centro manufacturan por precios simbólicos. Además, asistí a un taller de terapia comunitaria, que me ayudó a insertarme en el mundo de acá, y vi un espectáculo de danza y teatro alucinante.

 

 

Por la tarde, fuimos las cuatro convidadas a casa de la Señora Hirondina (una de las cuidadoras que lleva trabajando en el centro desde que fue inaugurado en 2001).

 

 

 

Conocer desde dentro la comunidad ha sido una de las cosas que más me ha enganchado: la pasión con que te enseñan su casa; la Machamba (la huerta) llena de Mangueiras (Mango), Palmeiras y otros árboles de frutos tropicales; las aves de consumo; la tierra rojiza y cómo los niños pueden brincar de un lado para otro sin que sus madres traten de alejarlos de desconocidos. No solo eso, sino que cuando te has dado cuenta estás rodeado de niños y madres queriendo enseñarte dónde viven y conocer más de ti… Compartir para vivir.

 

 

Merendamos un bizcocho de cacao que Isabel cocinó por la mañana mientras escuchábamos música de un DVD de una cantante moçambicana. El momento era incomparable. La Señora Hirondina y el Señor Vasco nos acompañaron hasta casa y quisieron velar por nuestra seguridad en cada momento; la hospitalidad deslumbraba por todo lugar.

 

 

 

Amaneció un jueves algo frío para lo que acostumbramos en este inicio de primavera. Tras completar la rutina de actividades con los adultos (en este caso basquetbol, bolos y cuerda), acudí al centro de los pequeños para ayudar a dar de comer a algunos (mientras las mamás han dado a tres de comer, yo todavía llego en el primero; cosa que ya saqué a relucir para poder disfrutar de mi inexperiencia), fui a comer y volví al centro de los adultos. A última hora también gusto de ir a ver a los pequeños para poder disfrutar de sus últimas sonrisas hasta el día siguiente.

 

 

 

Aproveché, entonces, el frío y la lluvia para poder hablar por primera vez a través de internet con mi gente en España. Internet acá apenas hay y las Hermanas tienen problemas con todas las compañías porque nunca hay línea o va muy mal. A pesar de ello, pude compartir mis primeras impresiones con ellos y sentirme arropada por algunos momentos.

Este párrafo quiero utilizarlo para comentar la batalla campal contra los mosquitos. A pesar de la mosquitera, o quizá favorecido por ella, pues pasa de refugiarme de los mosquitos a ser un nido de ellos; se ve que el calor de las primeras noches hace el sueño pesado y los movimientos descolocan la mosquitera dejando paso sin salida a todo mosquito que guste. Por eso, a cualquier hora de la madrugada y frontal en mano, empieza el desalojo de insectos y la inspección de picaduras. Ni el pijama largo ni el repelente dicen mucho a su favor en esto.

El viernes llovía mucho y aprovechando que el chófer de las Irmãs bajaba a la ciudad, fui con él para comprar los billetes del viaje a Gorongosa. La lluvia permitió tener una segunda visión de la ciudad; todo cambiaba bastante y las inundaciones hacían de los transportes algo mucho más lento y pesado que de costumbre; sin embargo, el encanto no quedaba aparte.

Con la llegada del otoño…

29 Sep

Mañana de reflexiones sumergidas en el recién llegado frío a tierras castellanas.

Parece que a medida que la fecha se aproxima, el cuerpo va comprendiendo que ha de prepararse para lo que viene, lo que explica esta sensación de que cuerpo y mente fueran dos desconocidos jugando a encontrarse. Pero no sólo concierne a mi persona; sino que, acompasado por el tiempo nublado y frío del otoño, noto cómo mi gente va transformando de simples a pensativas sus miradas y sonrisas. Es como si el momento me abrazara; y creo que dejarme mecer por el conjunto de todo va a ser la tónica de mis tres últimos días en Palencia.

Bajo acordes de guitarra y voces que piden cambio y libertad, junto a un ambiente caldeado de emociones y perfumado de incienso, escribo esta entrada a modo de introducción del año que está siendo el punto de inflexión de todo lo que hasta ahora había vivido.

 

Sigo pensando que las cosas suceden por algo; ahora más que nunca lo compruebo. Las oportunidades son caprichosas y se presentan, quizá, de un modo desprevenido; pero en cada uno está alzar la vista y atraparlas.

Tras mi desplazamiento a Madrid, para hacer el sueño de conocer la investigación desde dentro real, quedó el listón muy alto en lo concerniente a las personas que allí conocí y la inmersión en la lucha ciudadana por el vital cambio social. Vino adelante desde entonces conmigo un fragmento de felicidad que guardo en un lugar privilegiado.

 

Seguidamente viajé a tierras norteñas, esta vez a Irún, donde guardo uno de mis mayores tesoros: la persona que quizá mejor me ha conocido siempre, fiel prima, alma gemela. A ella le debo todos los buenos recuerdos de mi infancia. Y el reencuentro fue sorprendente en cada uno de sus momentos: compartir recuerdos que nadie más conoce, planear un detalle para la madrina que nunca olvido… Parte de la sonrisa eterna a esto es debida.

 

Mi viaje a Inglaterra se conformó tal cual lo previsto. Tuve el privilegio de estar en un lugar acogedor con gente maravillosa. Ese sentimiento de estar lejos de tu gente y tu familia, quizá consiga que los lazos con las personas surjan espontáneamente. Y que, lo que temporalmente fue convivencia, a largo plazo se torne en una amistad infinita: aquí es donde quiero agradecer a mi eslovaca amiga y compañera Brigita por todo vivido.

 

Mis dos cortas estancias en Palencia en “el hogar” sirvieron de refuerzo para el agradecimiento que para con mis padres guardo, por el hecho de serlo y por todo lo que han hecho por mí, siempre. Además de animarme a perseguir mis sueños y ayudarme a levantar una y otra vez. Lo mismo para con mi hermano, con el que comparto parte de mi personalidad por haber sido una de las personas con las que más tiempo he compartido. Gracias.

 

Hallándome en Palencia aprovecho estos días para reencontrarme con amigas, compañeras y familiares, y al mismo tiempo dar lugar a las nuevas despedidas. Aquí es donde incluyo a una cantidad de personas incalculable: mis sólidas y eternas amigas, mi familia materna y paterna, gente de Palencia con las que fluyen continuamente sonrisas, antiguas compañeras de clase y amigas, nuevas amistades surgidas del año vivido desde Valladolid, los colegas de la asociación de estudiantes … Sois personas maravillosas.

 

Asimismo, debo dejar constancia de lo importante que han sido algunas de las profesoras de la universidad, no hablando a nivel académico exclusivamente, sino a nivel personal en cuanto al apoyo ofrecido en todo momento. Muchas gracias.

 

Y llegado a este punto estoy donde empecé a escribir, intentando conciliar mente y cuerpo para mi partida a Maputo (Moçambique), donde pasaré los siguientes meses luchando por descubrir y poder ver cada uno de los aspectos que rodea a la “otra realidad” (la verdadera realidad). Viviendo para compartir, compartiendo para vivir.

Allí se encuentra ya mi compañera, con la que mantengo contacto por correo electrónico y de la que me he dado cuenta que en muy poco tiempo ha pasado a ser una verdadera amiga.

Además de ella, por el Centro de Rehabilitación Psicosocial de las Mahotas (donde me alojaré) han pasado otras muchas personas cooperantes, que han disfrutado de las Hermanas que allá dedican su vida junto a las mamás para sacar adelante la vida y la felicidad de niños y personas del lugar.

A todas ellas les debo mi más profundo respeto y admiración.

 

Me queda mostrar la deuda que debo a las personas del Área de Cooperación de la universidad por galardonarme con esta oportunidad. Aunque ellas no lo sepan, conocerlas en el curso y llegar ahora a este punto es una de las causas por las que no puedo borrar mi sonrisa. Mi vida ha cambiado mucho desde entonces. Quiero dar gracias, asimismo, a la ONGd “Gam Tepeyac”, especialmente a Marisa, por permitirnos cumplir nuestros sueños. Creo que estas personas son verdaderas heroínas de los tiempos en que vivimos.

 

 

Queriendo poner un fin a esta entrada, me queda dar un especial agradecimiento a la persona que me ha acompañado en estos últimos años de andadura. Fiel de pies a cabeza, bondadoso por naturaleza… (Gracias por haberme ayudado en todo y siempre. Tienes todo mi apoyo y me siento muy afortunada. Agradezco, también, que me apoyes en ésto y seas tan paciente. Sabes que te voy a extrañar).

 

 

 

Y como creo que los cambios nos crean y nos acompañan, dejaré una canción que va marcando mi camino interpretada por una hermosa voz: Mercedes Sosa.

http://www.youtube.com/watch?v=g8VqIFSrFUU